Ganaderos que venían a la finca para conocer lo que estábamos haciendo. Personas que empezaron a escribirme porque algunas de aquellas ideas les habían servido para iniciar sus propios proyectos. Incluso llegó una invitación para contar mi historia en un libro de ganadería publicado en Latinoamérica.
Y poco a poco sucedió algo curioso.
Ese chico de Madrid que había entrado en un sector que desconocía empezaba a convertirse en alguien a quien otros ganaderos preguntaban su opinión.
Con el tiempo también conseguí algo que unos años antes me parecía casi imposible: vender nuestra carne directamente al consumidor final.
Del campo a la mesa. Sin esconder lo que había detrás.